Veterinaria
Paco Rodríguez

Los bomberos rescataron a la mujer, que sufrió mordeduras en piernas y brazos.


12 de Abril de 2017

«Pedí socorro y grité ‘¡que me mata, que me mata!’. Si no es por los bomberos, que están al lado de la perrera, ya no lo cuento». Así resume Concepción B. G, la veterinaria que atiende a los animales que llegan al recinto Segunda Oportunidade del Concello de Ordes, la agresión que sufrió el pasado lunes cuando fue atacada por Luck, un rottweiler de 40 kilos y 7 años cuyos propietarios lo entregaron en las instalaciones municipales porque ya no se podían hacer cargo del animal, que llegó sin documentación ni chip identificativo.

Chita, como la conocen en Ordes, sabía que Luck no podía entrar en contacto con otros perros. Lo tuvo claro cuando en su primer día quiso atacar a los demás inquilinos, por lo que tuvieron que aislarlo hasta ver si era apto para la adopción.

La semana pasada, relata la veterinaria desde una cama hospitalaria en Conxo, un joven se mostró interesado en adoptarlo, por lo que comenzaron a aplicar el protocolo para analizar su comportamiento y ver si su entrega era factible.

«Hasta ese momento, -explica Concepción- no había tenido problemas con ninguna persona porque pasaba de nosotros, pero al salir de la jaula ya me dio un toque que me hizo un hematoma, y comprendí que quería ser el líder». Ante su reacción, añade, «le grité que no, lo aparté con la mano y cuando me pasó por debajo de las piernas me di cuenta de que me estaba midiendo para atacarme. Lo empujé y le grité otra vez no, pero él se dio la vuelta y me mordió en una pierna».

Su minucioso y pausado tono estremece por el contenido del resto de su relato: «Volvió a atacarme y ya me di cuenta de que no me daba tiempo a llegar a la puerta, por lo que me subí a la valla. El perro prácticamente me arrancó un gemelo mientras yo seguía pidiendo ayuda y gritando ‘¡que me mata, que me mata!’».

Esta frase alertó a los bomberos, que actuaron enseguida y solicitaron atención médica.

Ante la gravedad de sus lesiones tuvo que ser operada, y ahora le esperan meses de rehabilitación y tratamiento para generar masa muscular. Ya sabe que le quedarán secuelas, pero confía en recuperarse y seguir con su oficio, sin dejar de lado la atención de los perros, sea cual sea su raza, ni su trabajo en la perrera.

En su discurso solo aparece un reproche, cuando afirma que «la gente tiene que meterse en la cabeza de una maldita vez que los animales no son juguetes, son seres con sentimientos que hay que querer, cuidar y responsabilizarse», pero también señala que hay que analizar qué se hace con algunos animales que reciben, con el matiz de que no es cuestión de razas, sino de comportamiento. «La proporción del rottweiler conmigo es la misma que la de un niño de dos años con un yorkshire», recalca.

Noticia publicada en lavozdegalicia.es

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