Llega el verano y aumentan los casos de perros que han sufrido el ataque de una serpiente. No todas son venenosas y la cosa suele quedar en un buen susto, pero la gravedad cambia si la que le ha hincado el diente es una víbora, la más letal de las que reptan por nuestra geografía. ¿Existe antídoto? ¿Podemos salvar su vida?

Por Pilar Ruiz (veterinaria)

perros de caza

En España existen 13 especies de serpientes diferentes de las cuales seis son venenosas: dos de las familias de las culebras –cogulla y bastarda– y cuatro de las víboras –hocicuda, áspid, europea y cantábrica–. Las primeras se identifican por su cabeza redonda cubierta de escamas grandes y una pupila redonda. Los casos de mordeduras, tanto en perros como en humanos, son poco frecuentes, y en el caso de producirse no suelen ser letales para nuestros perros de caza ya que su veneno no produce efectos tóxicos o nocivos al no llegar a afectar a los órganos internos. Eso sí, son muy dolorosas, provocando una reacción inflamatoria local en la zona, y el riesgo de que la herida se infecte es alto. 

A diferencia de las culebras, la cabeza de las víboras es triangular y con escamas pequeñas y la pupila de su ojo es vertical. También las distingue su veneno, mucho más potente: cuando muerden contraen los músculos masticatorios y exprimen las glándulas que lo contienen, inyectando a presión una gran cantidad de él a través de sus largos colmillos hasta el punto de inoculación en el cuerpo de nuestros perros de caza.

Su actividad es estacional, de marzo a noviembre, ya que en los meses de invierno entran en hibernación, y los episodios de mordeduras son más frecuentes durante los meses de julio y agosto, coincidiendo con la aparición de sus crías. Además, en esta época son aún más letales, ya que las altas temperaturas incrementan la cantidad de veneno que acumulan en las glándulas de la boca, inoculando mayor cantidad al morder.

¿Cómo actúa el veneno?

El veneno está compuesto por complejas mezclas de proteínas con capacidad tóxica y enzimática que provocan un gran daño en los tejidos donde es inoculado. En primer lugar se produce una inflamación aguda en el punto de la mordedura y la formación de un edema en forma de gran bulto o hinchazón. Como consecuencia, la circulación de la sangre en la zona se ve impedida y se produce gangrena. Además, la sustancia tóxica destruye los glóbulos rojos dando lugar a anemias y hemorragias generalizadas, apareciendo sangrado en orina, heces y nariz. También puede afectar gravemente a órganos internos, como el corazón, provocando arritmias cardíacas, y al riñón, originando una insuficiencia renal aguda. Estos síntomas se pueden agravar con una anafilaxia, que es una reacción alérgica al veneno produciendo hipotensión, shock y dificultad respiratoria. 

La gravedad de la mordedura de una víbora dependerá de varios factores, como el tamaño o agresividad del reptil, el estado de las glándulas que contienen el veneno –si tenemos suerte, las puede haber descargado recientemente– y si en éstas están presentes bacterias que pueden complicar la infección de la herida. Otro factor es la edad, condición corporal y salud de nuestros perros. Los jóvenes, fuertes y sanos ofrecerán una mayor resistencia y capacidad de recuperación ante el tóxico.

También influye la zona donde se ha producido la mordedura: son menos peligrosas en las extremidades, por ejemplo, que en la cara. El cuadro se complica cuando el veneno penetra en el torrente sanguíneo. Si nuestro compañero continúa con su trabajo tras ser mordido, corriendo, el incremento de la circulación sanguínea favorecerá su absorción por el organismo.

¿Hay antídoto para nuestros perros de caza?

Sí, es el suero antiviperino. Su uso exige mucha precaución ya que puede provocar graves efectos secundarios como un shock anafiláctico. Por lo que sólo se restringe a animales en estado muy grave. Por eso el tratamiento de una mordedura de víbora se basa en la estabilización del perro. Hay que administrar suero intravenoso para mantener la presión arterial y asegurar una adecuada perfusión sanguínea a los órganos vitales.

También se pueden inyectar corticoides para evitar un shock por envenenamiento y antibióticos para que no se infecte la herida y los tejidos lesionados. Es imprescindible realizar un análisis completo de sangre para valorar el posible daño sufrido por los órganos internos, especialmente el riñón. Si el animal está abatido, respira con dificultad, vomita o presenta sangre en su orina y no quiere comer, el pronóstico es muy malo.

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