Esquimales

Muchos guardan rencor a Greenpeace en el norte de Canadá. En esa región, donde el inhóspito clima desafía la capacidad humana de supervivencia, la gente no puede olvidar cómo la organización ecologista destruyó una de las últimas fuentes de ingresos: el comercio de piel de foca.


28 de Agosto de 2017

Los Inuit exigen hoy una reparación que alivie el daño provocado por el grupo ambientalista. Ese resarcimiento serviría también para reavivar la economía de las comunidades esquimales, que han soportado durante décadas el acoso más o menos disimulado de las autoridades canadienses. La historia reciente de estas poblaciones aborígenes es un testimonio de la barbarie perpetrada por la “civilización”.

El alto costo de la ignorancia

En 1976 Greenpeace lanzó una campaña contra la cacería de mamíferos marinos con fines comerciales, en particular las focas en el norte de Canadá. El mensaje, apoyado por fotografías que aspiraban a demostrar la crueldad de esa actividad, ganó la simpatía creciente de ciudadanos y gobiernos.

Como resultado de la presión internacional, en 1983 la Unión Europea prohibió la importación de productos elaborados a partir de la piel de crías de foca arpa. A esa interdicción se sumaron otros países, entre ellos Estados Unidos y China. En 2009, el bloque europeo extendió la regulación a todos los productos derivados de la caza de focas. Como consecuencia el 90 por ciento del mercado se evaporó.

Fibonacci Blue – Flickr CC
Fibonacci Blue – Flickr CC

Para Greenpeace y otras organizaciones de defensa de los animales estas medidas representaron un éxito rotundo. En cambio, para las comunidades Inuit que dependían de la venta de esas pieles esas restricciones dieron el tiro de gracia a su ya incierto futuro.

Entre 1982 y 1983 el ingreso promedio de un cazador de focas en el norte de Canadá cayó de 54.000 a 1.000 dólares canadienses. Los poblados esquimales llegaron a perder hasta el 60 por ciento de sus ingresos anuales.

Paradójicamente, la mayoría de los activistas que promovieron las campañas de Greenpeace vivían a miles de kilómetros al sur del territorio habitado por los Inuit, e ignoraban su modo de vida.

“Pienso que es realmente discriminatorio exigir a una persona que viva según normas diferentes a las que tú vives”, declaró a la prensa la cineasta Alethea Arnaquq-Baril, reconocida por su documental “Angry Inuk”. “Si la gente de (la provincia canadiense de) Ontario puede criar vacas y pollos para comer y vender sus productos, ¿por qué a los Inuit no se les permite hacer lo mismo con los animales locales?”, señaló.

En 2014, la directora ejecutiva de Greenpeace Canadá, Joanna Kerr, reconoció que la campaña había ido demasiado lejos. Aunque el objetivo original había sido criticar al gobierno canadiense por su manejo de las especies marinas y terminar la cacería comercial de focas, las consecuencias golpearon también a los cazadores esquimales. El texto de Kerr fue considerado una disculpa formal del grupo ecologista.

Noticia publicada en yahoo.com

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