Cazan un corzo con reclamo después de atraerlo hasta sus pies

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Estos cazadores alemanes consiguieron engañar a un corzo con el reclamo y cerrar el lance de manera espectacular. No te pierdas el vídeo de la cacería.

Por Carlos Vignau

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Termina el mes de julio con la temporada del celo del corzo en lo más alto. Además, por lo singular de este año y por culpa del coronavirus, este celo ha estado marcado por la consecución de trofeos de altísimo valor, todo ello provocado por los meses de inactividad cinegética durante la primavera.

En el siguiente vídeo, verás un ejemplo perfecto de lo emocionante que pueden llegar a ser este tipo de cacerías. Dos cazadores esperan al borde de una siembras y comienzan a reclamar. Después de varios silbidos, un macho con un bonito trofeo se siente atraído y empieza una carrera desenfrenada.

El corzo no duda en seguir las notas que salen del reclamo y los cazadores lo esperan pacientemente. Después de cientos de metros de carrera, el corzo se detiene y con un certero disparo cae sobre sus huellas.

Esta es el fantástico vídeo del lance:

Tres historias sobre el celo del corzo

Un debut con picadores

EL delantero yugoslavo Mijatovic acababa de dar la Séptima al Real Madrid y la España de Clemente se despedía del Mundial de Francia 98 con más pena que gloria. Ese verano mi padre trataba de explicarme, sin pisar muchos charcos, lo que sucedía en la época de celo y por qué los machos perseguían a las hembras como si estuvieran locos. En la cabeza de un niño de 11 años todo suena bien, por lo que tampoco me planteé el tema de forma profunda ni sesuda. Sólo entendí que era un buen momento para salir de caza, como morralero de mi padre.

Una tarde de julio, con las vacaciones veraniegas a las puertas, por fin llegó el momento. Su idea era la de esperar en un rastrojo muy querencioso hasta que algún macho en celo entrara a acosar a las tres o cuatro hembras que acostumbraban a campear por la zona. 

Una a una, las corzas fueron dando la cara entre las pacas de paja, pero ni rastro de su amado. Con la última luz, una carrera inesperada descubrió un macho de seis puntas que se perdió en el barranco detrás de la corza. Mi padre no lo dudó y nos desplazamos a su encuentro, cortándoles el paso entre jaras y almendros. Se pararon a 60 metros, El Jefe se tumbó y apretó el gatillo sin ser consciente de que, desde ese momento, quedé enganchado de por vida a este animal y a su caza.

El celo del corzo es una moneda al aire

En la noche del día 25 de julio se abrió el cielo para recibir a Santiago, patrón de España. Durante la madrugada no paró de llover a mares, y al despuntar el alba la tempestad dio paso a una mañana mucho más fresca de lo habitual.

Mi padre y yo sólo teníamos un macho controlado. Dos días antes le habíamos sorprendido acosando a una corza por la ribera de un regato que serpenteaba sin fuerza entre unos chopos viejos. Lo normal es que saliera a comer a los prados naturales de la parte más baja o a cortejar a las hembras en los rastrojos ubicados al otro lado del cauce.

Teniendo estos factores en cuenta sorteamos las posturas. Una moneda de 50 céntimos me envió a los rastrojos. Mi padre defendería la pradera. Aún en penumbra les vi correr en mi dirección. El macho, el que vimos hace días, no tenía intención de detenerse.

Me preparé y me quedé inmóvil. La corza pasó a cinco metros sin delatarme. Entonces apareció él, justo por su rastro. Mi padre no había alcanzado su puesto cuando escuchó mi disparo. A quien madruga…

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Un regalo sobre la bocina

Lo que antes era siembra ahora se vestía de paja y ya se escuchaba el clásico titi-tirí propio de las codornices. Esa tarde me acompañaba mi amigo Bosco. No vive la caza como yo, pero se apunta a un bombardeo y su entusiasmo se agradece cuando uno está cansado de patear en solitario. Nos asomamos a una boquilla de retamas y jaras que brotaba entre los rastrojos, a la salida de un robledal.

Una corza surgió corriendo como una centella y comencé a escudriñar su espalda en busca del acosador de turno. Allí estaba, galopando sin descando, un precioso macho de siete puntas… que no se paraba, así que decidí silbar.

No soy muy habilidoso en casi nada, pero reconozco que imitar el sonido del buttolo con la boca no se me da del todo mal. El macho se detuvo en seco, pero los bálagos ocultaban todo su cuerpo dejando al descubierto tan sólo su testa.

Sin tiempo, apunté imaginando su cuello y disparé. Después de media hora de angustiosa búsqueda le encontramos hundido entre las hierbas.

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