Caza un viejo corzo después de dos temporadas tras sus huellas

Una historia de cómo el azar, las corazonadas y la paciencia se conjugan para poner ante ti ese corzo que has estado buscando durante meses.  

Por Carlos Vignau

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De un tiempo a esta parte me he aficionado al fototrampeo. Me ayuda a conocer el número y calidad de animales que deambulan por mi coto, siendo así una magnífica forma de estudiar la población y seleccionar el mejor ejemplar a abatir en cada momento. Suelo instalar mis cámaras en pasos, trochas y querencias, en ocasiones colocando piedras de sal que ayudan a que los corzos se detengan delante del objetivo –además de ser un aporte mineral que desde luego agradecen–.

Durante la primavera de 2017 un macho pasado de años y kilos visitaba este plató natural casi cada mañana. Por las tardes cambiaba la ruta, pero en cuanto amanecía entraba de nuevo en escena. Su tez cana, la falta de las dos luchaderas y su cuello, gordo y robusto, indicaban que era todo un superviviente. 

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El viejo macho retratado por una cámara trampa. / Carlos Vignau

Una lucha de estratégia

No exagero si digo que me estuve buscándolo más de 20 mañanas… todas sin éxito. Por aquel entonces andaba picado con el arco, algo de lo que en dos ocasiones llegué a arrepentirme. Como si fuera conocedor de mi elección, se dejaba ver… pero a una distancia que me impedía tanto el lance como la entrada y un posible rececho. Así concluyó la temporada, con la firma de un pacto de no agresión. En 2018 nos veríamos de nuevo las caras. 

En marzo del año siguiente reinicié la búsqueda, pero no fui capaz de localizarlo ni siquiera en las tarjetas de memoria de mis cámaras. Pensé que podría haber sido víctima de la carretera durante el invierno o que simplemente habría decidido cambiar de zona. Muchas veces la caza son pálpitos. Y así llegó el día de la apertura y pudiendo cazar en un sinfín de parajes, sólo quería recechar el zarzal donde no salía el corzo. No puedo explicar el por qué, pero sabía que algo podía suceder allí. Mi padre, que también había pateado la zona, me comentó que entre las aliagas había visto un macho que parecía adulto pero de mala calidad. «Si lo ves, dispara. Es mejor quitarlo», me comentó.

Con los corzos es mejor esperar…

Sabiendo que me podía entrar un corzo selectivo, y con la tranquilidad de que la temporada no había hecho más que comezar, cambié de estrategia. La mañana, fría y ventosa, parecía más propia del invierno. Descarté la opción de recechar por la linde del monte y elegí un alto para esperar sentado antes del amanecer. Desde allí podía controlar todo el manchurrón de zarzas, y cualquier animal que decidiera salir de ahí lo tendría que hacer ante mis ojos. 

El sol comenzó a despuntar a mi espalda, iluminando las praderas con mil reflejos de escarcha y rocío. Una hembra con dos corcinos ramoneaba en el centro de la plaza. En esta época están preciosos. Su capa, de color ceniza, y el marcado babero en el cuello se secaban al tenue sol después de una noche de tormenta.

A los 15 minutos entró al galope un macho y se colocó detrás de la corza. Estaba de espaldas, pero enseguida comprobé que se trataba del macho que me había chivado mi padre. Era largo, con las seis puntas, pero muy delgado, sin fuerza, y sus hechuras confirmaban que no se trataba de un ejemplar joven.

No era mi corzo soñado para estrenar la temporada, pero hay ocasiones en que la gestión prevalece sobre nuestros anhelos trofeísticos. Apoyé el rifle en el macuto esperando a que me diera la paleta para disparar y me concentré en la acción cuando, de repente, un ladrido ronco y áspero resonó en todo el valle. Procedía desde lo más profundo del zarzal, pero no lograba localizar a su emisor.

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El autor, en el lugar desde el que cerró el lance. / Carlos Vignau

Un corzo intruso en casa

La hembra y las crías seguían comiendo, pero el corzo miraba en mi dirección con cierta preocupación. Sin previo aviso, salió a la carrera seguido de otro con ganas de batalla. De un vistazo fugaz con los prismáticos lo reconocí: era el macho del año anterior. Su trofeo era inconfundible, sin apenas luchaderas y muy inclinado hacia atrás, y no tardó en expulsar a su rival. Después se quedó recuperando el fuelle entre dos carrascas a una distancia de unos 220 metros, por lo que me apoyé en el tronco de un árbol.

En cuanto diera un paso al frente podría disparar. Aquellos minutos me parecieron horas. Al rato vi por el visor cómo comenzaba a moverse de derecha a izquierda. Recorrí su cuerpo con la cruz, desde la pezuña derecha hasta llegar al codillo, y apreté el gatillo. La bala atravesó su corazón y tras una carrera agónica se desplomó antes de sumergirse en el mar de zarzas. Era un trofeo raro, feo, sin puntas y con las rosetas grandes. Lo había visto en más de 200 fotos y conocía su morfología de memoria, por eso advertí que, de un año a otro, había mantenido su forma pero perdido centímetros de longitud.

El trofeo del corzo viejo que tanto costó conseguir. / Carlos Vignau

Lección aprendida

Aquel día aprendí que, aunque parezcan animales fáciles de cazar, cada corzo es un mundo y cuando maduran se convierten en bichos esquivos que rompen con los patrones establecidos… y en un reto absoluto para el cazador.