Caza mayor: tres historias monteras de jaras y jabalíes

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Aquí tienes tres lances de esos imposibles de olvidar para que vayas pensando en las monterías de jabalíes que están por venir.

Por Carlos Vignau

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El jabalí del estreno

 Corría un mes de noviembre más caluroso de la cuenta y con mi grupo de amigos cazaba en el coto que tres de ellos tienen arrendado en Guadalajara. La zona es muy buena para el jabalí, por lo que suelen ser monterías divertidas. Como siempre, me acompañaba Esperanza, mi novia entonces, ahora mi mujer. Es increíble la afición que tiene y una gozada poder compartir estos días de campo con ella.

El puesto era bonito, en el fondo de un pequeño barranco de carrascas y piedras por donde serpenteaba un arroyo casi seco. Días antes me había hecho con un rifle Weatherby en calibre .308 Win. pensando precisamente en que Esperanza comenzara a tirar. Es suave y suficientemente contundente para usarlo en montería, pero ese día me dejó estrenarlo. Nada más soltar vimos cuatro ciervas pero todas por el viso, así que no pude disparar. El sol estaba en lo más alto, por lo que estar en el puesto era todo un placer.

De pronto me tiró del brazo: había oído algo, una piedra rodar. Yo comienzo a estar un poco sordo, por lo que me suelo fiar por completo de ella. Un guarro bajaba zorreado hacía nuestro puesto. Era el sueño de cualquiera. En estos casos lo mejor es dejar cumplir a la caza y así lo hice, disparando sobre él a sólo 20 metros. Un estreno perfecto.

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Este fue el cochino con el que el autor estreno su Weatherby. / Carlos Vignau

Un regalo de fin de temporada

La temporada se acababa y mi amigo Arturo propuso a todo nuestro grupo acudir a una montería en la provincia de Albacete para darle cierre. Cazar con mis amigos siempre es un lujo. Nos conocemos desde el colegio, y se convierte en una de las cosas que más valoras cuando estás dejando de ser un chaval.

El coto estaba a una hora de Madrid, por lo que el madrugón no fue excesivo. Al llegar, una mesa larga repleta de migas te llevaba hasta la zona del sorteo. Tuve suerte y me tocó de vecino a mi amigo Luis: ese día cazaría tranquilo. El puesto era precioso. Un valle se abría paso entre dos manchas de jaras apretadas. No soy muy amigo de las monterías sociales, pero he de reconocer que en esta la organización era exquisita. Nada más colocarme empezó el tiroteo.

Aquello parecía un ojeo de perdices. Oí cómo Luis disparaba dos veces y de repente un cochino entró a menos de 30 metros de mí. Venía herido en la mano izquierda. Conseguí meterlo en el visor justo antes de perderse en el monte y disparé. Se quedó tumbado, con un balazo en el cuello, pero aún hacia frente a los dos perretes que le seguían. Mi amigo hundió su cuchillo en su paleta y puso punto y final a un día inolvidable.

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La cochina abatida por Luis. / Carlos Vignau

Montería de sierra

A principios de diciembre tenemos la sana tradición de montear en la finca de mi amigo Rodrigo, en la Sierra de Ávila. Posiblemente sea la zona cochinera en abierto que mejores resultados da año tras año y él, generosamente, organiza un día de caza para sus amigos.

Yo suelo poner siempre la misma armada: una cuerda con los puestos encima de peñotes de granito rodeados por un mar de piornos donde los guarros encuentran su encame favorito. Lo más divertido de una mancha así es que ves perfectamente los aciertos y errores de tus vecinos, encaramados a las piedras y tirando a los jabalíes como si fueran conejos. Por otro lado, la seguridad es total: el tiro siempre se hace enterrando la bala. En la parte más alta ya se oían a los perros, y desde ese mismo instante no se dejó de tirar en todo el día.

Era una locura. Miraras donde miraras había alguien encarado, tratando de disparar con éxito. Los piornos se movían como si los estuvieran sacudiendo y entre claro y claro se podían ver los lomos negros pasar como aviones. Tenía un pequeño cortadero justo debajo de mi piedra por lo que pude hacerme con dos jabalíes mediada la cacería. Este día es una de esas tradiciones que espero nunca perdamos.

El autor junto a su amigo Rodrigo y uno de los navajeros cobrados ese día. / Carlos Vignau