Subasta

Cuarenta años cruzando aquello predios y era la primera vez que lancé un: ¡Ooooooh! No me dio tiempo a contarlas con exactitud, por aquello del coche tomando la curva, pero puedo asegurar que eran más de una docena. Y eso, tratándose de cabras montesas, era un auténtico rebaño.


15 de Enero de 2018

Tranquilas, paciendo y sin aparente miedo al tránsito rodado. Claro que no detuve el coche, demasiado las conocía. No habría alcanzado el trote de sus pezuñas de haber intentado inmortalizarlas con la cámara y, menos, sin la ventaja de un mínimo teleobjetivo.

¿Qué hacían tantas cabras montaraces, juntas, tan lejos de las peñas, los roquedales, cortados y cinglos de La Muela y tan cerca del caserío aldeano de El Oro y de la carretera provincial que comunica con La Hoya de Buñol?.

De haber vivido el ingeniero Rafael Ruano, al que conocí en los años 70 cuando creó la entonces Reserva Nacional de Caza Mayor, le habría llamado por teléfono para hablar con él. Pero mi esposa, al otro asiento del vehículo, pretendió sacarme de mi perplejidad: «están buscando comida…».

He tenido muchos encuentros con las cabras montañeras. En las que me ha pasado de todo. Preciosas ‘berreas’ que me han pillado con la cámara en el maletero. Apariciones de tremendos cornudos (‘medallas’) que se me han escapado, veloces. Incluso he tocado a una de ellas, inmóvil, hasta darme cuenta que no se iba porque estaba atascada de ‘miseria’: es decir, que al darle la vuelta al lomo pude ver los gusanos en sus heridas carnales devorándola viva (quiero aclarar que avisé, para que acudieran a sacrificarla).

Pero, en general, las montesas (y los muflones de la, ahora, reserva transferida) ofrecen un espectáculo fugaz y siempre impactante al ánimo; pues escapan, cuesta arriba, impulsándose sobre cualquier mínimo saliente de un paredón roquero vertical.

Otra cosa es que se te planten delante del vehículo, de forma sorpresiva, y si es motocicleta, como le pasó a un amigo, te cueste el aparatoso encuentro la integridad de varios huesos y el implante de algún tornillo en las extremidades propias.

O que, atrevidas por las casas más altas o ‘de las peñas’, del caserío de Cortes le hayan llegado a dar un susto a una anciana mientras veía su televisión; al asomar, con toda su cornamenta, en el umbral de la vivienda.

Así son las cabras montesas de Cortes de Pallás y de parte de varios términos municipales aledaños: Jalance, Teresa, Bicorp… Preciosas y problemáticas.

Sin ningún tipo de sujeción a su territorio protegido, llámese vallado a lo ‘cowboy’, siguen tuteladas por la ley de protección de especies especiales; sin que tengan, en contrapartida, salvaguarda los campos de secano o de huertas de manantial de pueblos de tradición morisca como son Millares, Cortes o Dos Aguas.

Y, así, los vecinos han de ‘soportarlas’; obligándose a unos acordonamientos de olivos, almendros y hortalizas con medios propios: alambres, cuerdas, postes, somieres metálicos, uralitas… No compensando a los habitantes, ya pocos y viejos, cultivar siquiera de entretenimiento sus parcelas; por el mucho daño que reciben en sus cosechas y la tardía y escasa remuneración en las reclamaciones ante instancias oficiales.

De ahí que, desde tiempos recientes, existe una asociación en el Valle de Ayora que tiene levantada una lucha contra la cabra montesa y cuelga pancartas de color verde, con dibujo animal y letras blancas, para promocionar sus reivindicaciones.

Creo, desde luego, que para los miles de hectáreas de Muela y vertientes del cañón del río Júcar que la institución conservacionista animal acapara no estaría de más un propio vallado realizado por parte de la Administración. Es decir, la protección al agricultor ante las preciosas y arruinadoras cabras. Es de todas luces, además, innecesaria ‘tanta extensión’ territorial y el reduccionismo ayudaría a que fuera menos gravoso el montaje de un mejor estudiado ‘encierro’.

Por otro lado, no se entiende que la Reserva se limite a ser un Coto (de caza controlada por los expertos, cuando toca) pudiendo ser un parque cinegético. Un lugar de visitas y docencia biológica, con vallados intermedios y temáticos; con accesos acondicionados, áreas de acogida y recreo y lugares de avistamiento y fotografía. En definitiva, con ‘rentabilidad’ local.

Pero, sobre todo, no se entiende que (¿no hay acaso, ya, depósitos de agua para que se hidraten?) cuando llega una sequía de pastos como la actual las cabras salvajes se vean en la necesidad de atreverse a llegar a la ‘vecindad’ de los humanos; para pastorearse el alimento casi como meras ovejas de corral.

Noticia publicada en lasprovincias.es

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