Bunny

En vez de echarse al monte, como suelen, los cazadores gallegos se echaron a la calle porque son gente habituada a seguir el rastro, y en este caso el rastro conduce a ellos.


17 de Abril de 2018

Han intuido que la última moda del progresismo ocioso es equiparar los animales a los humanos en materia de derechos. Es verdad que ahora ese privilegio sólo afectaría a los domésticos pero nadie puede garantizar que no acabe llegando a los demás. Una vez llegados a ese punto en que el conejo o la perdiz puedan denunciar a un cazador ante el juzgado de guardia, la cinegética será considerada terrorismo y los mismos que rechazan la prisión permanente revisable para el asesino de Diana, la exigirán para el que dé muerte a unos faisanes.

¿Exageración? ¿Caricatura? Para nada. Los amigos de la fiesta brava están pasando a la clandestinidad. Nadie que quiera tener o conservar relevancia pública puede decir hoy que le gustan los toros. Admitirlo es tan grave como exhibir un máster sobre el que quepa alguna sospecha. La corrección política se va estrechando hasta el punto de que empezamos a necesitar un manual o ¡un máster! para no meter la pata en una conversación con desconocidos. Vuelven los tiempos aquellos de los libros de urbanidad para los escolares que enseñaban cómo comportarse en cualesquiera situación. Surge una nueva etiqueta con asuntos tabú, aficiones prohibidas y opiniones prefabricadas para todo tipo de asuntos.

El caso es que la caza está a punto de transformarse en tabú. La explicación la daba un manifestante al decir que esta nueva fobia es cosa de urbanitas que sólo conocen del rural lo que da la tele. Es verdad. Le faltó por decir que los que pasaron apresuradamente del leninismo al animalismo, amén de estar desconectados de la Galicia campesina, están influidos por la cultura de ese país que seguramente tanto aborrecen. Esa unificación de lo humano y lo animal más que de San Francisco procede de Walt Disney, el mismo que hizo hablar a patos, perros y ratones. Los conejos parlanchines son cosa de la Warner Bros. El animalista típico tiene del animal un concepto más disneyano que real, de tal manera que ven en el conejo abatido por los cazadores gallegos a un pariente de Bugs Bunny que tiene derechos, puede reclamar el habeas corpus y quien sabe si el día de mañana no podrá votar y acudir al Parlamento representado a la fauna silvestre.

Los cazadores han olfateado el peligro de ser proscritos y salen a la calle esgrimiendo sus escopetas y sus votos. Sería estupendo poder tranquilizarlos y decirles que no pasa nada y que el movimiento animalista es minoritario. No es así. Es verdad que son pocos, pero la cuestión estriba en que siempre habrá una sigla dispuesta a comprar la reivindicación y convertirla en cuestión de Estado. De seguir así las cosas llegará el día en que un conejo se plante delante de la autoridad competente para decirle que no sabe con quien está hablando, mientras los de la memoria histórica piden cuentas a los de Altamira por cazar tanto y aun encima pintarlo. Total que la caza gallega hace muy bien en movilizarse. ¿Y la pesca? Ah. Le llegará el turno.

Noticia publicada en elcorreogallego.es

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