Armerías
La armería Uralde, que hace dos años ocupó el local de la armería Merino, en El Pilar. / JESÚS ANDRADE

Fundadas en los años 70, Uralde y La Jungla resisten en Adurza, El Pilar y Zaramaga a las pérdidas millonarias que arrastra el sector y la competencia ‘online’


7 de Enero de 2018

Florecieron en los años setenta y hasta hace dos décadas se situaban en las calles más céntricas de la ciudad. BelakortuOlasoloZabaleta y El Cazador eran algunas de las armerías donde cazadores y aficionados a las competiciones deportivas podían adquirir municiones y poner a punto sus armas. La última en cerrar sus puertas hace dos años fue la armería Merino. Situada en el barrio de El Pilar, hoy luce el letrero de la armería Uralde, negocio familiar que resiste a la crisis del sector de la caza junto a La Jungla. «La cercanía de las fábricas de armas de Eibar, la bonanza económica y la facilidad para obtener la licencia propiciaron las aperturas, pero la venta de armas está de capa caída», sentencia Fernando Díez.

Ya retirado, su padre Leoncio aún supervisa el negocio de Adurza desde la trastienda. Hace años fue víctima de un intento de secuestro cuando se dirigía a su tienda. «Quienes le asaltaron buscaban un armero que activara varias armas que habían robado», recuerda Fernando. Las altas medidas de seguridad necesarias para poner en marcha una armería son uno de los factores que encarecen la apertura de este tipo de comercios y obligan a los propietarios a cumplir ciertos requisitos y superar varias inspecciones. Las armas se guardan en un búnker separadas de la pólvora, que se almacena en otra cámara. «La Guardia Civil revisa nuestras instalaciones seis veces al año, llevamos un control exhaustivo del inventario», explica Amaia Martínez.

Sus clientes son, en su mayoría, cazadores de la zona, pero también miembros de la Ertzaintza y de la Policía Local. «Buscan botas más cómodas que las que les asignan y acuden a nosotros para renovar sus chalecos antibala, que caducan cada diez años». El tercer grupo de compradores corresponde a la licencia B, un salvoconducto que permite llevar pistola a profesionales por razones de autodefensa en los casos «donde la amenaza está contrastada». «Irónicamente nosotros ya no podemos impedir que nos roben armas con nuestras pistolas, tal y como se había hecho toda la vida», critican Martínez y Díez.

12.842 alaveses con licencia

Hasta 12.842 personas cuentan con licencias de armas en el territorio alavés. El 91,65% corresponde a cazadores y el 1,72% a aficionados al tiro deportivo. Los datos se asemejan a los registrados a finales de 2016 pero, según cifras oficiales de la Guardia Civil, el número de armas censadas ha caído de 38.000 a 25.791 en apenas doce meses. La media de edad de quienes acuden al mostrador en busca de cartuchos es superior a los 35 años. «No es que a los jóvenes no les guste salir de caza, sino que cada vez tienen menos dinero y existen más restricciones para acceder a las armas», coinciden en La Jungla y Uralde.

Amaia Martínez, al frente de La Jungla. / JESÚS ANDRADE

La Unión Europea ha endurecido los controles sobre las armas de fogueoy las desactivadas inadecuadamente para hacer frente a los ataques terroristas. «Ahora es más difícil conseguir una pistola de fogueo, pero las que vendemos en las armerías no implican ningún riesgo», señala Fermín Uralde. El antiguo trabajador de Beretta heredó la armería Uralde de su padre y, aunque a diferencia de La Jungla aún conserva cañas, cebos y anzuelos en su local de Portal de Legutiano, también se ha visto afectado por el descenso en el número de armas. «Los cazadores de la ciudad no escatiman en gastos para sus salidas, pero salir de caza no requiere grandes inversiones más allá de pagar el coto y los permisos», valora Uralde, quien todavía recibe encargos de cazadores que encomiendan sus trofeos de caza a un taxidermista.

Uralde adquirió la armería Merino con el fin de sacar el máximo partido al negocio, pero rechaza la idea de que próximas generaciones se pongan al frente del mostrador. «Antes quien no cazaba pescaba, pero cada vez vivimos más de espaldas al medio rural y el hábito se está perdiendo», lamenta Fermín.

«No son peligrosas»

Los armeros sostienen que no hay mayor ecologista que el cazador. «Los biólogos de los cotos les indican cuántos ejemplares y de qué tipo pueden cazar y su conducta es ejemplar». Un cliente accede a la tienda con la intención de comprar un machete, pero Fermín le pide que se marche al apreciar en él síntomas de embriaguez. «Hay quien cree que las armerías son peligrosas, pero ayudamos a poner rostro y control a los compradores más allá de los registros policiales», señala Fernando Díez. Además de suponer una dura competencia para el negocio tradicional, cree que la venta de armas por internet ha contribuido a un mayor riesgo y descontrol. «Las táser están prohibidas en España, pero no es difícil adquirir una en otro lugar de Europa a golpe de ‘clic’», advierte.

Noticia publicada en elcorreo.com

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