Nos gustan las monterías entre amigos, al sol y con la mancha cargada de jabalíes o venados para cazar pero no siempre es todo tan idílico.

Por Carlos Vignau

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Un puesto que te puede dejar helado. / Carlos Vignau

1. El sorpresón

Todo empieza con una llamada de teléfono: «Oye, el sábado vamos a dar el cerro de Juan entre unos cuantos a gastos. ¡Si no tienes nada cuento contigo!». La primera intención del cazador suele ser la de rezar al comprobar su agenda, deseando encontrar la excusa de tener esa fecha ocupada. Este tipo de convocatorias suelen ser un embarco de los grandes, monterías sin jabalíes ni venados pero si no tienes otra cosa que hacer y el grupo es de confianza, acude.

Puede que la única piara de la zona haya elegido el manchurrón para descansar esa noche y lo que parecía un día para matar el tiempo se convierta en el mejor del año. Así que como moraleja: un mal día de caza siempre es mejor que un buen día en el trabajo. Nuestro consejo: acepta si tu agenda te lo permite. Nunca se sabe dónde puede saltar la liebre… o el cochino.

2. La montería de Puerto Urraco

El latir de los perros en el testero de enfrente te está volviendo loco. Dos rehalas se han hermanado para sacar de su encame a lo que parece un jabalí monstruoso. Desde tu postura lo observas atento, tratando de adivinar por dónde escapará el machazo. De pronto, la tensión se vuelve agonía. Los ladridos se tornan en gemidos, lamentos y llantos, y los perros se elevan por encima de las jaras como si alguien los prendiera desde lo alto.

El cochino vende cara su piel y los canes van cayendo. El perrero no llega y no sabes qué hacer: «¿Voy al agarre? ¿Espero?…». Cuando llega el rehalero y acaba con la escabechina es tarde, y varios punteros han resultado cortados. Un día de montería a jabalíes o venados que se convierte en una experiencia no muy agradable. 

3. La ‘pichafloja’

Suelen ser monterías ofrecidas por organizadores poco conocidos, nuevos en este negocio y carentes de humanidad. Su objetivo es aprovecharse de la ignorancia del novato, ese montero que viste cueros sin arañar, huele a Hugo Boss y monta la más alta tecnología en su rifle guiado por la Guardia Civil una semana antes.

Cuando juntan a varios individuos de ese pelaje, montan cuatro cierres y les cobran por adelantado. Si se escucha algún tiro es por pura suerte. Los asistentes no repiten con el abnegado organizador, por lo que éste tendrá que buscar nuevos inquilinos para las monterías del año que viene, carentes de jabalíes y venados. Lo que está claro es que en estas manchas no verás cazadores de cuna.

4. La del frío

Suelen ser las que se celebran en la mitad norte de la Península, pero de días así te pueden sorprender en cualquier lugar del territorio. Sabes que va a hacer frío, pero presupones que será soportable. De pronto, ya en el puesto, el cielo se torna en un gris plomizo, el aire se levanta en gélida ventisca y el abrigo o polar que llevas puesto empieza a dejar pasar una brisa que te cala hasta los huesos. La barba se te congela nivel Anapurna y cuando salta el cochino al cortadero sólo puedes hacer la estatua y contemplar cómo desaparece en el monte de un brinco.

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A veces, la nieve es tu mejor compañero de montería. / Carlos Vignau

5. La montería por compromiso

Como en el caso de las batiduchas, es la vibración de tu móvil la que da la señal de alarma. Un amigo te ha guardado un puesto con todo el cariño del mundo. Suelen caer en fechas que ponen en jaque la estabilidad familiar, como en navidad o el cumpleaños de la suegra, y su enclave requiere de madrugones mineros y unos dos depósitos de combustible. Todavía nadie me ha guardado una postura a venados a 35 kilómetros de casa. Por la amistad que te une al dueño no te queda más remedio que asistir, así que cabeza alta, la moral por las nubes y el morral lleno de otro día de caza. Dios proveerá.

6. Entre ¿amigos?

No hay nada como cazar siempre con el mismo grupo. Las monterías son más agradables, reina el buen ambiente, y la seguridad es total… ¿o no? Si en tu cuadrilla contáis con cazadores calientes o novatos en celo, asúmelo: tus expectativas se irán a pique tras cada lance, en los que cruzarás los dedos al oír el silbido tenebroso de la bala sobrevolando tu posturas. Estarás más preocupado de regresar a casa sano y salvo que de cobrar el venado de tu vida, y así no hay quien cace. Aunque cuando deberías preocuparte de verdad es en el momento que no oigas silbar la bala…

7. más corbatas que jabalíes o ciervos

Si algo tienen de positivo este tipo de monterías es que suelen ser de invitación o, a lo sumo, a cambio del desembolso de un pequeño guante para echar una mano. Aquí la tradición se lleva al límite, sobrepasándolo en muchas ocasiones hasta rozar el ridículo. Te suenan muchas caras, pero es imposible reconocerlas bajo esas fachadas de Lord británico acostumbrado a tirar grouses en las Highlands escocesas.

Colores imposibles como el morado, el amarillo o incluso el celeste invaden la dehesas, dejando los pardos y verduzcos para el pueblo llano. La montería puede ser un éxito o no cobrar ni un zorro, pero lo que cuenta es el acto social. La corbata o los knickers tienen su sentido y muchas veces cumplen una función tanto estética como práctica, pero últimamente se nos ha ido de las manos. En los últimos años, sobre todo en monterías con cazadores jóvenes, la sierra parece más una pasarela.

8. Montería en solitario

Son esas monterías a las que acudes sin compañía las que prueban tu afición. Tu cuadrilla está ocupada con bautizos y cenas de empresa, pero tu fin de semana se presenta aburrido. Tiras de referencias y de crónicas pasadas y eliges una que te cuadra en el calendario. Son tres los aspectos que valoras: distancia, especies… y precio. Si todo es de tu agrado te plantas allí sin que te suene cara alguna, con las migas encima de la mesa y releyendo la etiqueta de un dudoso vino de pitarra. Si los demás cazadores son simpáticos puede que nazcan nuevas amistades. Si no, cazar, comer si hay hambre… y vuelta a casa.

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