Urogallo

Ya es oficial. Como informaron todos los medios de comunicación, el urogallo cantábrico acaba de ingresar oficialmente en la selecta lista de las especies en extinción, por haberse reconocido su alto riesgo de desaparición, según la Conferencia Sectorial de Medio Ambiente, presidida por la mismísima ministra García Tejerina.


3 de Agosto de 2017

No lo proclamó la Universidad de Oviedo, ni la de Cantabria ni la de León ni la de Santiago. Ha sido la Universidad Católica de ¡¡Ávila!! quien nos informó que el urogallo perdió en los últimos treinta años el 50% de su área de distribución. El último censo realizado en 2005 contabilizó menos de 500 ejemplares, una cifra que ha descendido de forma radical en los últimos años, donde ya no se lleva esto de los censos, hasta quedar diezmada, sí, diezmada la población existente hace cuarenta años, cuando su caza estaba autorizada.

La declaración del Ministerio de Agricultura viene a confirmar el fracaso anunciado del proyecto «Life+» de conservación (entre 2010 y 2016), que despilfarró 5.900.000 euros —de los cuales 697.000 salieron del Principado y 1.141.000 euros del Gobierno de Cantabria— que solo consiguieron acelerar la extinción, el gran negocio del que viven los cazadores de subvenciones, integrados en colectivos ecologistas que nada tienen que ver con el verdadero movimiento conservacionista que lucha por la recuperación de las especies, incluso gracias a la caza si se demuestra necesaria, y no como aquéllos interesados solo en perpetuar declaraciones de «riesgo de extinción», para vivir de ellas.

Algunos sabios insisten en explicar la pérdida de población del urogallo en Asturias, en Lugo, en Cantabria o en León debido, ¡faltaría más!, a su sensibilidad al cambio climático. La Fundación Biodiversidad, dependiente del Ministerio, ya se refirió el año pasado a la incidencia de esta amenaza invisible, que es el calentamiento global. Según estos científicos subvencionados, los contrastes de calor a frío son los que impiden ahora el crecimiento de los pollos, dificultando su supervivencia en el medio natural. Se ve que hasta el siglo pasado los urogallos vivían con aire acondicionado y calefacción. Pero gracias a esta peregrina teoría, la culpa de la extinción no les alcanza a ninguno de los responsables de las Administraciones estatal y autonómicas concernidas. Aquí está el quid de la cuestión.

Eso sí, los colectivos ecologistas ya lograron que la Conferencia Sectorial de Medio Ambiente aprobara otra inversión de 16.400.000 euros en diversas iniciativas para repartirse entre ellos, durante otros seis años, el triple del presupuesto del fracasado programa Life; la mayor parte, faltaría más, para combatir el cambio climático. Y a los urogallos, que los zurzan. En el estudio de este año, la Universidad Católica de Ávila propone conectar la población oriental, la más grande, con la occidental. ¡Gran fantochada, cuando se trata de poblaciones que se encuentran en retroceso territorial! El estudio remata con propuestas de política forestal y concluye que hay que mejorar la gestión del monte público, pero se olvida del «pequeño detalle» de señalar cómo se mejora, quien tiene que hacerlo y con qué recursos.

Así seguirán unos años más los responsables y los beneficiarios de las Administraciones concernidas dedicados a hacer «trampas en el solitario» hasta que se muera el último urogallo. Es el mismo camino que condujo a que el último bucardo del Pirineo muriera en 2000 en el Parque Nacional de Ordesa, el segundo más antiguo de España (1.918) después del de Covadonga, mientras su especie, la cabra hispánica, se salvaba de la extinción gracias al viejo Coto Nacional de Caza de Gredos (de Real creación, pero respetado por la República) o a las Reservas Nacionales de Caza, desde Cazorla a Riaño, pasando por Las Batuecas. Los hechos son tercos y no aceptan manipulaciones.

La recuperación del urogallo requiere enfrentarse de frente a las mentiras de su extincionismo provocado, como también sucede con nuestros salmones atlánticos. El ecologismo prohibicionista tiene vedada la autocrítica, para permitir que se sigan derrochando euros financiando investigaciones inútiles, en cantidades proporcionales al ritmo de desaparición de la especie. Le ayuda el establishment oficial que no quiere aceptar lo obvio: que desde 1.979 en que se estableció la veda total del urogallo en España —es decir, sin cazadores, sin guardería y sin las rentas de su caza en los pueblos— empezaron a proliferar libremente los depredadores del urogallo y de sus nidos en el suelo, como zorros, jinetas, garduñas, jabalíes. La desaparición de los cazadores y la disminución de la actividad cinegética no hicieron más que aumentar los competidores salvajes (ciervos, gamos), al tiempo que favorecieron la invasión de sus pastos por la ganadería (caballos, vacas), cuya alimentación está arrasando, por ejemplo, los arandanales, base de la pobre alimentación del urogallo, el eslabón más débil de la cadena animal. Unamos a ello que desaparecieron los guardas de vocación que amanecían en los «cantaderos» para localizar gallos y protegerlos del ataque de los furtivos en la época de celo. La realidad es que desde 1.979 nadie personalmente, ni económicamente, ni materialmente, cuida y protege las poblaciones de urogallos. Todo lo contrario de lo que sucede en el Parque Natural de Villafáfila (Zamora), en el que podemos admirar la mayor densidad de avutardas de Europa, donde la caza tradicional de otras especies cinegéticas no se prohibió, y donde la Administración castellano leonesa tiene declarada la guerra sin cuartel a los zorros, su principal depredador.

Para llegar a estas conclusiones no hacen falta tirar más dinero en subvenciones públicas ni estudios sesudos. Nuestros bosques de los Ancares, los Picos de Europa o la Cordillera Cantábrica reúnen las mejores condiciones para garantizar la supervivencia de uno de los símbolos diferenciales de nuestra biodiversidad. Basta preguntar a los habitantes de los pueblos de la montaña en Asturias, en Cantabria, en Lugo o en León, para confirmar cómo la caza y los cazadores protegían al urogallo frente a sus depredadores y, además, creaban riqueza en aquellas comarcas. Y nos demuestran con sencillez y gratis por qué su veda promovida por el ecologismo prohibicionista, bien nutrido de subvenciones en nombre de la lucha contra su extinción, está acelerando paradójicamente la extinción de los urogallos, con cambio climático o sin él.

Noticia publicada en diariodeleon.es

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